Siempre quise conocer Cuba y enfrentarme a las contradicciones de una isla icónica y bella, bautizada en ocasiones como la perla de las Antillas o la Niza del Caribe: un país anclado entre un pasado de excesos cada vez más lejano y un presente de crecientes carencias, resultado de décadas de estoica resistencia revolucionaria contra la máxima potencia mundial y del colapso de su gran procurador, la Unión Soviética, cuyos coletazos ahogaron la economía y el bienestar de la isla sin acabar con el comunismo a la cubana. En agosto visité La Habana, absorbente pese a su progresiva decrepitud, y Viñales, un bucólico bastión tabaquero en el oeste. Les comparto mi bitácora de viaje.

18 de agosto
Me gusta imaginarme los destinos ignotos a través de las primeras estampas que veo, aunque luego la realidad desmienta estas elucubraciones prematuras. Tras surcar el mar Caribe desde Colombia, al acercarse el avión a la alargada isla de Cuba se ven múltiples islotes deshabitados. Las marismas absorben la costa y luego sobrevolamos decenas de kilómetros en el interior estrecho del país hacia la costa norte que abraza La Habana: se suceden palmerales, verdes prados y campos de cultivo semiabandonados, zonas rurales con surcos circulares enormes atravesadas por caminos de tierra.
Aterrizamos en el aeropuerto capitalino a media tarde: nos recibe tranquilo en su terminal de vuelos internacionales no procedentes de Estados Unidos. Cuba ha relajado recientemente el espacio digital así que cambiamos dinero para comprar una tarjeta de móvil con datos, pero resulta que ya no hay SIMs en la tienda. Nos conminan a intentarlo en la ciudad al día siguiente. Suerte que no cambiamos mucho porque la tasa oficial nos sale a escasos 127 pesos cubanos por euro y, poco después, nos dirán que en la calle el cambio ronda los 450, aunque lo habitual sea conseguirlo algo más bajo a través de transacciones más seguras. Pagamos nuestra primera novatada.
El taxista que viene a recogernos no está todavía en la puerta de llegadas. Otros conductores allí presentes se ofrecen a sustituirle con sugerentes invitaciones. Doy un paseo por la zona y finalmente veo llegar parsimonioso a Fabián, nuestro hombre, con un letrero que muestra mis datos. Montamos en su Mercedes amarillo, muy moderno, en comparación con el parque automovilístico predominante: más allá de los viejos fords, chevrolets o pontiacs que nutren el imaginario colectivo se ve mucho coche soviético como antiguos Ladas.
—Algunos carros acá son tan antiguos que llevan piezas de repuesto de más de una decena de coches distintos —explica Fabián—. Los coches modernos en Cuba son del año 2000. Importarlos al cubano le cuesta mucho. Ese KIA, por ejemplo, que en Panamá igual lo consigues por 16.000 dólares, acá te cuesta 35.000.
El embargo que impone Estados Unidos se nota en infinidad de ámbitos; en el automovilístico es muy evidente. Debido a esta losa y al bajo poder adquisitivo de la mayoría de los cubanos, las carreteras están desiertas y por ellas circulan dinosaurios con ruedas. Tiene su romanticismo, aunque no es muy práctico: en un trayecto por autovía volviendo a La Habana desde el oeste del país nos sorprendió ver cómo, en mitad de un tremendo aguacero, algún coche aparecía cada poco parado en el arcén. Qué peligro, pensamos. Tenía una explicación sencilla: los conductores detenían el motor de sus coches antiguos porque no les funcionaban los limpiaparabrisas.
Nuestro primer anfitrión cubano se explaya sin necesidad de muchas preguntas. Despotrica contra un sistema que se perpetúa —65 años «con lo mismo», repite— y que no ofrece muchas ventanas para la progresión: las mejores están relacionadas con un turismo que en estos tiempos flaquea. Como tantos taxistas, Fabián maneja un carro adquirido inicialmente por el Gobierno. Cuando este ya tenía 100.000 kilómetros, se lo vendieron “roto” y destinó 2.000 euros a arreglarlo. Ahora paga 100 euros de renta mensual. Más o menos le va bien, pero no descarta la posibilidad de partir.





Tras veinte minutos entramos en La Habana sin los trancones que sacuden cualquier urbe latinoamericana. Esta villa con dos millones de habitantes (un sexto de la población cubana) fue fundada en 1519 a la sombra de una ceiba, un árbol sagrado, al borde de una bahía con una morfología adecuada para resguardar a los navíos de la cíclica maldición caribeña del huracán. Lo cuenta el escritor cubano Leonardo Padura en Ir a La Habana, donde el autor oriundo del barrio de Mantilla describe los cambios profundos en la ciudad: «desde la brillante y turbia» que vio en su niñez, en los albores de la década de 1960, hasta «la desvencijada y empobrecida del primer cuarto del siglo XXI, pasando por la pretendida ciudad socialista que sirvió de bisagra entre una y otra imagen física y de catalizador de comportamientos humanos de la capital cubana».
Llegamos a Casa Vitrales, un edificio restaurado de cuatro plantas, con escaleras vertiginosas, en pleno casco antiguo. Dejamos las maletas y nos aventuramos a recorrer el contiguo Malecón. Cada rato nos paran personas con variopintas peticiones. Algunas claman que solo quieren conversar por la experiencia de hablar con un extranjero; otras quieren enseñarte lugares divinos que no puedes perderte y también los hay que te reclaman dinero insistentemente y sin circunloquios. O una pastilla de jabón, un paracetamol, una crema dental, cualquier cosa.

Algunos comerciantes venden bebidas de colores llamativos en botellas viejas, helados, manzanas, dulces, cigarros… Unos ancianos juegan al dominó. Un cuarteto interpreta con saxofón, guitarra y maracas la Pantera Rosa. En la costa hay piscinas esculpidas en las rocas donde familias enteras y jóvenes se refrescan al atardecer, frente a un sol naranja inmenso que se sumerge rebajando la dureza del termómetro. El sol cae tan plomizo en estas tierras durante horas que cuando su látigo desaparece es un alivio.
La Habana Vieja y el Malecón tienen una belleza decrépita. Uno se traslada fácilmente a la grandeza neoclásica de su pasado esplendoroso, que hace décadas se dilapidó. Uno se maravilla con las estructuras y ornamentos elaborados de un sinfín de edificios. Y, al tiempo, uno se entristece profundamente al ver el deterioro al que todo se ha ido sometiendo: paredes desconchadas y sin pintar desde tiempos inmemoriales; balcones rotos sostenidos con muletas de madera, de repente un solar vacío debido a un edificio que se derrumbó y que quizá atrapó a una familia pobre en su descenso a los escombros. Acequias pestilentes, aguas empantanadas. Basureros sin orden donde los desperdicios se amontonan ante la desidia o la resignación vecinal.
El Malecón, por momentos, se asemeja a un país en postguerra, como si un conflicto brutal hubiera desangrado su casco urbano. Es el lento ataque del salitre, en realidad, combinado con el abandono y la falta de inversión pública. A menudo estallan contrastes inverosímiles: en una esquina conviven una casa hecha añicos con otra idéntica renovada recientemente. Un flamante hotel de lujo con una vivienda derruida donde malviven varias familias.
«La Habana debe ser la capital más bonita del idioma [español]. Y también la más rota y también la más triste. La Habana me entristece. Camino, miro, pregunto, escucho y me entristece. Para mi generación y alguna más, para los que creímos en todas estas cosas, La Habana es el resumen del fracaso, el lugar donde todo iba a ser y no fue nada», explica el escritor argentino Martín Caparrós en su libro Ñamérica.
«Agua, luz, alimentos, medicamentos, transporte público… Todo lo necesario para vivir dignamente escasea en Cuba. Antes, los cubanos se tomaban las calles en protesta por la represión política a los opositores y para pedir libertad, hoy la gente se moviliza para pedir lo básico, no para vivir, sino para sobrevivir». Así abre un reportaje de la agencia AFP publicado a finales de agosto, que recuerda que la ministra de Trabajo y Seguridad Social tuvo que renunciar recientemente tras decir que en Cuba no hay mendigos, sino personas «disfrazadas de mendigos». No es la única que hace ese tipo de afirmaciones. Muchas personas que conocí en la isla te decían que hay gente que no quiere trabajar.
Según el reportaje, en 2024 había 189.000 familias y 350.000 personas vulnerables que se beneficiaban de programas sociales en un país donde las autoridades evitan usar el término «pobres» y muchas de estas ayudas se han ido perdiendo. La pobreza es omnipresente, aunque no parece traducirse en criminalidad. «Cuba es el país más seguro de América Latina», me asegura un taxista. «Aquí el robo que llega es en forma de engaño», añade. Vaya, no me digas…

19 de agosto
Esa mañana, mi padre y yo tenemos un objetivo: conseguir una tarjeta de móvil. Vamos a una sucursal de ETECSA, la empresa pública de telecomunicaciones, situada a cuatro cuadras. Allí, explican, también se acabaron ayer y nos sugieren probar en Reina y Águila, «detrás del Capitolio». Miramos Google maps. Aunque no tenemos conexión de internet el GPS funciona y marca nuestros movimientos. Mientras tengamos los puntos de referencia no nos perderemos. Es increíble como antes uno podía moverse perfectamente por las ciudades sin internet, simplemente preguntando, consultando mapas físicos… Hoy te invaden dudas cuando te ves obligado a regresar a la era analógica. Pensamos que es asumible: veinte minutos a pie. Mi madre, Txaro, está en el hostal y no le podemos avisar, pero será rápido. Impongo un paso ligero y Santi camina detrás haciendo fotos. No te pierdas, exijo. “Tranquilo, estoy atento”, responde seguro.
Por el camino se nos pegan personas que te ofrecen gangas o piden limosna. Desarrollamos la técnica de deshacernos de la presión de manera cortés, porque la táctica de etiquetarte como maleducado si no atiendes ya nos ha ablandado. Antes de llegar a la siguiente sucursal se nos une Alejandro. Quiere guiarnos. En Reina tampoco hay tarjetas y nos indican que sigamos hasta otra tienda cercana. Alejandro nos habla de tours increíbles, de tarjetas que se pueden adquirir en la calle, de no sé qué proyectos comunitarios en los que se puede comprar habanos y ron a precios rebajados pero que ya es el último día… Cuando llegamos a la siguiente parada, allí finalmente sí hay tarjetas SIM, cuestan 15 dólares, pero se debe completar un proceso de petición online y después ir a recogerla. Qué complejo, pensamos, y concluimos que nos sentará bien estar desconectados esos días en Cuba. Solo deberemos permanecer juntos, y con el WIFI del hostal podremos apaciguar la voracidad de conexión al mundo digital. Así que desistimos y pocos metros después despedimos a Alejandro, quien, antes de separarse, nos pide dinero para comer una pizza.
Seguimos caminando y Daniel, que surge de la nada, para a mi padre.
—Soy tu vecino —le dice.
—Sí, seguro —contesta Santiago, desconfiado.
Sin embargo, él asegura que nos ha visto en Casa Vitrales, que pensaba que yo era alemán porque iba con la tote bag y soy alto. Al decirle que somos del norte recita de un tirón todas las palabras en euskera que conoce: agur, zer moduz, ongi etorri... Nos genera confianza, parece un buen tipo, dicharachero, con cierto mundo. Se fragua, ahora sí, una amistad improvisada y en el calor de la interacción Daniel menciona que, en efecto, ese es el último día de las cooperativas comunitarias, donde a familias trabajadoras les permiten vender a menor precio habanos y otros productos generalmente comercializados por el Estado cubano. Suena bonito. Podemos ser solidarios y comprar al tiempo el típico regalo cubano: le pedimos hacer un pequeño desvío antes de regresar al hostal y llegamos a una vivienda donde tienen expuestas varias cajas de Montecristos y Cohibas.
—Solo queremos uno, no necesitamos más —aclaramos, tras ver el arsenal.
—El problema es que no se pueden comprar por separado…
—¡Vaya! Entonces nada. Si es que en realidad no somos fumadores.
—Pero siempre le pueden regalar a un amigo. Seguro que tienen un amigo que fuma.
—¿Quizá a Gonzalo? —musitamos.
—Sí, claro, a Gonzalo —asiente nuestro interlocutor.
Desarrolla toda su labia. Empieza pidiendo un dineral y al vernos poco persuadidos baja hasta 50 dólares por una caja de seis habanos. Es una ganga, pensamos. ¿De verdad lo pensamos? Quizá podemos regalarle a alguien más, nos convencemos. «Están ayudando a una familia cubana», insisten. Y así, en un santiamén, nos han creado una necesidad que no teníamos y nos marchamos incluso agradecidos. Horas más tarde nos confirmarán que nos han estafado, que lo que hemos comprado en realidad es una mezcla de hojas de tabaco con hojas de plátano, que el interior es picadillo de tabaco o ve tú a saber qué… En ese momento no lo apreciamos e incluso los habanos nos huelen bien. Cuando días después visitamos el bastión tabaquero de Cuba y nos sumergimos en el proceso de producción resulta evidente el engaño y el olor de los falsos nos causa hasta naúseas. Y, ciertamente, en las tiendas oficiales del Gobierno los precios son muy elevados. Tras sufrir un nuevo timo en solo dos días, nos conjuramos: no podemos bajar la guardia.



Por la tarde hacemos un free tour por La Habana revolucionaria. Es gratis, sí, pero al final del mismo uno da al guía lo que considere, y en este caso lo estándar son unos diez dólares por persona. Coincidimos con dos madrileñas: una profesora de eseñanza infantil y la otra dedicada al comercio internacional. La primera ha venido con una maleta entera de juguetes y medicinas a Cuba, parte de la cual descarga al final del paseo en un taller de pintura gestionado por una ONG local. Están terminando su paso por la capital cubana y ponen rumbo hacia Varadero, una fina península a un par de horas de distancia que es destino de sol y playa, con vuelos directos desde Rusia y Canadá. Nos cuentan que el turismo ruso ha aumentado en Cuba a pesar del recrudecimiento de la guerra en Ucrania, pero la mayoría de hoteles por los que pasamos tienen la ocupación a medio gas.
Shelman, un joven que aguarda visado para marchar a España, es nuestro guía y nos pasea por localizaciones históricas. Describe los múltiples intentos de asesinato de Fidel Castro, perpetrados con todo tipo de artimañanas: con ácidos en plumas de escribir, mediante una amante con pistola a la que el propio Castro delata y con quien acaba haciendo el amor, y así un largo etcétera. Esboza los trazos de una figura romántica construida a golpe de leyendas, verosímiles e inversosimiles, y de una prolongada lucha guerrillera junto al Che Guevara y otros locos en las montañas del este contra un ejército batistiano muy superior en número y armas, hasta el triunfo de la Revolución en 1959, aunque en sus comienzos no se le llamaba revolución.
En su primer discurso, cuenta el guía, a Fidel se le posó una paloma al hablar y esta se mantuvo en su hombro hasta que terminó. Fue el primero de los muchos discursos que luego vendrían, algunos de ellos de larguísima duración, virtud por la que el dictador cubano ostentó durante mucho tiempo un récord, en concreto por uno de seis horas. «Todavía hoy, años después de su muerte, los cubanos tienen el reflejo de detenerse a escuchar si en televisión ponen algún discurso antiguo de Fidel».
Nuestro guía se adentra en la excesiva dependencia que Cuba tenía de la URSS; a pesar de tratarse del mayor productor mundial de caña de azúcar, en la isla no se refinaba este dulce producto, sino que se exportaba al aliado soviético, que a cambio se aseguraba de que al socio caribeño no le faltara de nada: combustible, ropa, alimentos… La dependencia de un monocultivo trajo éxito temporal a Cuba y fue, de la misma manera, la llave del fracaso cuando llegó la crisis de los noventa, un fantasma que todavía sobrevuela las conversaciones de todo el mundo.
Shelman explica que la gente comía cualquier cosa: incluso trapos adobados como si fueran filetes. Y el látex de los condones se derretía en las pizzas a modo de queso parmesano. Los gatos desaparecían de las calles, según el escritor Leonardo Padura, quien en su libro habanero relata que es en esa época cuando se produce la mayor degradación de la ciudad: los edificios se dejan de pintar, los desperfectos se dejan de arreglar, se ponen remedos de madera en los balcones y se instalan rejas en ventanas y puertas por el miedo a robos. «Se generó una verdadera crisis moral, espiritual, que incluyó la pérdida de valores, entre ellos la urbanidad, el mejor sentido de la convivencia —escribe Padura—. En realidad solo teníamos tres problemas: el desayuno, el almuerzo y la comida… pero todos los días (…). Cualquier cosa era necesaria y vendible: un tubo de luz fría, una maceta de barro, una escoba, un sillón viejo, incluso un gato más o menos sustancioso para ser cocinado y comido».
Shelman le pone entusiasmo a las explicaciones aunque el sol nos aplana tanto que a veces desconectamos. Paramos junto al edificio de Bacardi, expropiado a la familia al comienzo de la Revolución, tras lo cual se crearía la marca Havana Club, «acusada erróneamente de plagio», según Shelman, mientras que Bacardi se trasladó primero a la República Dominicana y después a Puerto Rico. Justo al lado hay una tienda donde los cubanos pueden adquirir productos con cartilla de racionamiento. Son muy baratos pero hay límites: un poco de pollo, aceite, café, pan y frijoles, lo cual no llega para calmar el hambre y, por eso, muchos cubanos no comen tres veces al día. La crisis actual, la última de muchas, se acentuó tras la pandemia, que, junto con el poco benévolo mandato previo de Trump, reventó una ilusión de recuperación muy centrada en la potenciación del turismo que se había alimentado años antes.
En 2015-2016 hubo un «tiempo de deshielo» entre La Habana y Washington; se restablecieron relaciones diplomáticas y visitaron la isla Barack Obama, los Rolling Stones o Madonna y las Kardashian, entre otros, pero el cambio político en Estados Unidos y el coronavirus devolvieron a Cuba sus peores fantasmas: inflación galopante, deterioro de los servicios médicos y escasez de medicamentos. Muchos creen que la situación ahora es peor que en los noventa, porque antes al menos funcionaba el sistema de salud. «Una ciudad —que parece— detenida en el tiempo. Una ciudad donde aquellos que prometieron un gran cambio detienen todo cambio —en nombre de aquellos cambios que siguen prometiendo», escribe Martín Caparrós.
20 de agosto
Francisco nos recoge puntual a las 9.30 horas en La Habana Vieja en el Mercury Monderrey rojo de los años 50 que conduce para turistas. Francisco es en realidad un médico pediatra que estudió durante 13 años para trabajar por su vocación, pero los 25 dólares de sueldo del Estado no dan para vivir, así que hizo un pacto hace dos años y medio con su esposa: él se ganaría la vida como chófer y su mujer, oftalmóloga, seguiría trabajando de lo suyo. Tienen dos hijos, “un varón de 12 y una hembra de 6”, y están tanteando la posibilidad de marcharse a otro país de América Latina. El dueño del coche le da el 15% de las ganancias que hace con los turistas y en dos días él amasa lo que su esposa en un mes. Sigue actualizándose como médico porque la vocación no la ha perdido y de vez en cuando pasa consulta a hijos de familiares y amigos, pero no puede cobrar por ello.


—Yo estuve unos años en Venezuela y a puntico estuve de irme. Desde allí podía haber avanzado hasta Estados Unidos —cuenta—. Tengo un amigo que está en México. En Ciudad de México puedo conseguir 2.500 dólares al mes. Me dicen que gastas 500 en comida y 1.000 en rentar un apartamento. Te quedan 1.000 limpios. Eso en Cuba no lo hemos visto en nuestra vida. Y si convalido mi título de pediatra podría ganar 5.000 dólares.
Hacemos un tour en coche descapotable de dos horas. Del casco antiguo pasamos a Habana Centro, barrios levantados en la época colonial española, y después entramos en El Vedado, donde se suceden cada vez casas más lujosas. «Sin El Vedado el rostro de la capital de la isla se exhibiría sin un ojo (…). Transcurre hasta llegar al río Almendares. Eran terrenos vedados a la construcción de inmuebles, pero ya en la segunda mitad del siglo XIX La Habana rompe la veda y comienza a germinar entonces lo que durante décadas fue su barrio más aristocrático, posiblemente el más bello», escribe Padura. La zona era un bosque tupido y todavía quedan ficus centenarios y árboles inmensos cubiertos por tantas enredaderas que parecen fantasmas vegetales.

Nos tomamos un mojito en una pausa y sobre la mesa dejan la botella de ron añejo Havana Club para que te sirvas más si gustas. Paseamos luego por Miramar, donde hay varias embajadas y mansiones de importantes funcionarios a ambos lados de la Quinta Avenida. Después regresamos por El Malecón, que discurre por ocho kilómetros de costa entre la ciudad nueva y la vieja, cruzamos un túnel a 50 metros de profundidad construido por franceses antes de La Revolución y llegamos al Fuerte de la época colonial, con decenas de cañones que se usaron para proteger a la capital de los piratas. Desde El Cristo de La Habana obtenemos una estampa bonita de la ciudad. La Habana se muestra imponente en algunas de sus zonas pudientes. Esta ciudad tuvo mucho pedigrí y llegó a albergar a mitad del siglo pasado más salas de cine por habitante que Washington, Buenos Aires o Ciudad de México.
Tras el tour entramos en el Museo de Bellas Artes. La entrada solo cuesta 125 pesos para el turista, un tercio de euro, y para los locales, apenas 15 pesos. Sorprenden estos contrastes. En las dos plantas del edificio se exhiben decenas de obras de gran calidad estética y técnica variada, sobre todo de los años 50 y 60, que marcan un esplendor artístico. Me llaman la atención los cuadros de Wilfredo Lam, cuyo estilo figurado recuerda al de Picasso, y también el impresionismo de René Portocarrero.


Tras una pausa al mediodía para sortear el momento de mayor calor, por la tarde surcamos el Malecón y acabamos en el callejón de Hamel. Era un basural décadas atrás y se erigió como un epicentro artístico, símbolo de resistencia frente al abandono institucional y de refugio espiritual para los afrocubanos. Pablo, ataviado con múltiples collares y anillos, coronado con un moño, y calzando unas botas poco acordes al bochorno habanero, nos hace una visita guiada que no hemos pedido pero que aceptamos con gusto tan pronto tomamos asiento para aliviar nuestros sudores con un refresco a base de jugo de limón y hierbabuena.
Somos los únicos turistas que han entrado en esa tarde en el callejón y no nos podía dejar escapar. Pablo nos habla de tradiciones yorubas y cultos híbridos en los que los símbolos del cristianismo han sido adaptados (una virgen negra, por ejemplo), y repasa murales que describen a deidades afrocubanas. Todo ello mezclado con el arte de Salvador Gómez Escalona. “En Cuba todos los esclavos llegados de Nigeria, Congo, Mozambique… acabaron juntos. Por el estigma se fueron perdiendo los apellidos. Hoy resulta muy difícil saber de qué lugar en concreto venían nuestros antepasados”, explica. Él, por ejemplo, no lo sabe. Y en algún momento sus antepasados se mezclaron diluyendo el africanismo de su piel pero no de su identidad. Cuba es ciertamente un crisol y esta es otra de las máximas que muchos te repiten: «En Cuba no hay racismo».

Atardece y paseamos por la Avenida 23, más conocida como La Rampa, una calle icónica de El Vedado plagada de garitos de música y clubs nocturnos. Nos dirigimos a La Torre, un hotel de 34 plantas desde el que se obtiene una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. Sin embargo, nuestra ilusión se esfuma cuando el portero nos dice que no podemos ingresar porque vestimos pantalones cortos. Txaro lleva pantalones largos así que le decimos que suba, disfrute y haga fotos, muchas fotos. Y mientras mi padre y yo nos quedamos abajo. Esperamos frustrados. El atardecer está pintando el cielo de un anaranjado precioso y nos lamentamos por la vista perdida. ¿Perdida? No tiramos la toalla. Conversamos con trabajadores que se hallan a la puerta del hotel en busca de una salida al bloqueo.
—¿Será que podemos alquilar unos pantalones largos a alguien?
—Todo se puede —contesta un hombre, que grita de inmediato el nombre de Carlos.
El susodicho está cerca y gira su cabeza hacia nosotros como un resorte. Nos lleva hacia una mujer rechoncha que vive enfrente, en una casa baja. La mujer saca dos pantalones de nuestra talla, los cuales nos alquila sin regatear demasiado, y así conseguimos finalmente subir a contemplar cómo la noche devora paulatinamente una ciudad inmensa, especial, única. «Fijaos en las luciérnagas», nos dicen a modo jocoso, en referencia a los recurrentes apagones eléctricos que días después sufriremos en carne propia.

Esa noche acabamos escuchando música en vivo en el agradable jardín del Hotel Nacional, donde en la década de 1950, época de oro del bolero y los cabarets en La Habana, la mafia convocaba a Frank Sinatra para que les cantara. El hotel, que durante décadas estuvo en desuso, muestra en un mural las habitaciones en las que varios ilustres se hospedaron y tiene incluso un bar en honor a Churchill. Hoy, a la par de los boleros y la salsa, el reguetón se deja escuchar por cualquier rincón: según Padura, esta música responde a una suerte de cultura contestataria para muchos ciudadanos, «que encuentran en sus interpretaciones, imágenes visuales (videoclips de alto octanaje erótico) y hasta formas de moverse y vestirse, una vía de expresión, una válvula de escape para tantas tensiones y necesidades».
21 de agosto
Ya tardaba en sucedernos. Al cuarto día sufrimos el primer apagón eléctrico desde que llegamos a La Habana. El apagón afecta al internet del hotel, que tarda horas en recuperarse. La realidad en las provincias es mucho peor. Hay lugares con apenas unas horas de corriente al día. Visitamos el Mercado de San José, donde compramos algunas baratijas y bebemos unos cocos bien fríos cuando unas modelos de ropa que están haciendo un book en el puesto de venta nos lo permiten.
Por la tarde visitamos las playas del Este, a media hora de la capital en coche. Lucen paradisíacas desde la distancia con un mar turquesa de fondo y su arena fina. A pie de playa, las cosas cambian. Bancos de miles de peces pequeños nadan junto a decenas de latas en las cálidas aguas. La arena está plagada de desechos y ofrece una triste sensación de dejadez. Por 1.500 pesos, tres euros al cambio, nos permiten sentarnos en tres tumbonas y resguardarnos en dos sombrillas cochambrosas. Una de ellas está descosida por todas las puntas y tiene las varillas oxidadas. En medio de esa suciedad las familias disfrutan de la jornada, algunas protegidas del sol en estructuras provisionales creadas con palos y plástico, mientras vendedores ambulantes pululan a nuestro lado ofertando mamoncillos, uvas y papas fritas.
22 de agosto
Partimos pasadas las nueve desde La Habana hacia Viñales, a tres horas de distancia, por una autovía aceptable que se vuelve un campo de minas con múltiples huecos cuando Quique toma un desvío por una carretera secundaria en el último tramo. Fabián no había querido aceptar el viaje a ese municipio, ubicado en la provincia de Pinar del Río, la más occidental del país y bastión tabaquero. «Si el Gobierno no quiere arreglar carreteras que llevan a lugares turísticos, imagínate qué sucede con el resto», nos decía. Quique, en cambio, es el polo opuesto. Rezuma alabanzas hacia el régimen castrista, incluso cuando tiene que torcer la mirada para señalar algunos casos de corrupción: «Cuba es el país que menos tiene del mundo». Evoca su antigua vida campestre, rodeado de animales de granja como cerdos, gallinas y vacas, y desayunos de cuatro huevos y medio litro de leche. Nos regala un viaje repleto de anécdotas y el tiempo pasa volando.

Finalmente llegamos a Viñales, un pueblo de casas bajas en el que sus habitantes conversan en los porches de la entrada. Icónico por los mogotes, unos bonitos montes de roca caliza con laberínticas cuevas en su interior. Esa tarde paseamos en un carruaje de caballos con Antonio. Viñales es un vergel. Aunque muchos lugareños no ven demasiado futuro en la agricultura, en este lugar de fértil tierra roja de hierro crece de todo: aguacates, maíz, yuca, malanga (un tubérculo), múltiples árboles frutales como naranjos de cítricos verdes, árboles de la guayaba, mangos, bananos… además de, claro está, café y tabaco.
Nos hospedamos en una casa de dos plantas y reconocible color ocre, regentada por Melisa, una mujer locuaz de ascendencia española. En la otra habitación se alojan una pareja de pamploneses. “La casa la construimos nosotros mismos, cuando aún se podía. Ahora está imposible: los materiales son muy caros y los obreros también. La gente ya no quiere trabajar en el tabaco, intentan con el turismo, pero está muy malo”, relata.
El hijo de Melisa quiere ser odontólogo, está ya en año preuniversitario, pero tiene claro que con el salario de un médico «no te alcanza ni para comprar un cartón de huevos», así que también desarrolla la idea de migrar, como dos millones de cubanos han hecho ya en los últimos años. Melisa es categórica: “esta actividad nos permite ingresar divisa extranjera, pero en otros pueblos la cosa está fatal. La gente habla de la crisis de los noventa. Yo creo que ahora estamos peor. Antes Fidel se preocupaba de que a los cubanos no nos faltara la medicina, pero su hermano Raúl no hace igual. No hay medicamentos. Ha invertido mucho dinero en construir hoteles caros para el turismo a costa de los servicios médicos o de reparar centrales termoeléctricas”.
Los constantes cortes eléctricos no ayudan a consolidar el turismo, nos dicen en Viñales. Aquí cuando la electricidad se va no hay certidumbre de cuándo volverá.
—¿En España tuvieron un apagón, no? —nos pregunta curioso el paisano Antonio.
—Sí, de un día entero —se apresura a decir mi padre.
—Aquí nunca hemos tenido eso…
—¿Ah, sí?
—Aquí tenemos apagones de dos, tres días…
Antonio nos toma el pelo. En día y medio en Viñales apenas disfrutamos de cinco horas de electricidad.
Visitamos la finca tabaquera de Humberto. Cuando le recordamos nuestra anécdota en La Habana, nos cacarea los tres reclamos del eslogan: la cooperativa / cierran en diez minutos / es el último día.
«Ese tabaco no sirve», culmina. Nos tronchamos.
Explica que el Estado se queda con el 90% de las hojas de tabaco que producen y que ellos pueden comercializar un 10% solo con ventas a visitantes de la finca. Humberto nos muestra el proceso de cultivo, secado y confección del tabaco. Los de Viñales son puros (por la pureza) y los que el Estado finaliza en La Habana, la inmensa mayoría, son los habanos. Las semillas son minúsculas; las hojas traslúcidas. Quitan la parte central de la hoja que almacena el grueso de la nicotina y las van amasando con rapidez pero suavemente. Y en la boquilla le ponen miel. Fumamos sin tragar el humo. Agarrando el puro con estilo.
Y así, entre bocanadas y chupitos de licor de guayabita, despedimos un viaje a Cuba tan inolvidable como estremecedor.
*Los nombres de algunas personas que aparecen en este relato han sido cambiados
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