India

Crónicas de la India IV: En la orilla del Ganges…

La niebla del Ganges a las 5.30 de la madrugada es quebrada por los primeros rayos de luz. Los primeros de calor. “Baisab, rema más rápido hacia los crematorios”. Allí la actividad no se detiene. Unos 200 cuerpos van y vienen a lo largo del día. Para los hinduistas, morirse en Benarés y que sus cenizas sean luego vertidas en el río sagrado les exime de la pesadilla de un ciclo interminable de reencarnaciones.
Noviembre es un mes agradable en la India. Ni calor de ventilador a toda revolución, ni lluvia monzónica. Los infalibles mosquitos del cálido trópico son la única molestia. Pero la molestia no se olvida. No obstante, tan pronto, aún están durmiendo, así que el maisán sigue remando con sus 15 años y 15 horas de trabajo diarias y me conduce hasta la otra orilla de arena fina. En otros tiempos, la arena será también Ganges, pero ahora hay una playa estupenda y muchos japoneses fumando hachís nepalí y haciendo acrobacias y fotos. Demaisiadas fotos. Algunos se dirigen hacia una pequeña cabaña de paja y toman el chai caliente que les ofrecen los anfitriones de un baba que nunca hablará. Bastante tiene con haberse mantenido durante doce años con el brazo derecho levantado. Nadie ha debido responder todavía a su pregunta. El periodista trotamundos alemán Helge Timmerberg escribió en una ocasión que le gustaría preguntar a uno de estos radicales ascetas de la vida -que tanto abundan en la India- qué siente al tener un tronco como brazo y cuánto le acerca ese sufrimiento continuo a la espiritualidad buscada.
Obtener una exclusiva con un baba mudo es mucho más complicado que llegar a cualquier primer ministro mediático, por lo que opto por simplemente purificar mis pies en el agua sagrada. Sagrada, aunque especialmente sucia. Sucísima hasta niveles insospechados, pero, a pesar de todo, miles de personas lavan sus cuerpos y prendas diariamente, como si de una lavandería pública se tratase. Ya en la zona de los ghats esquivo suculentas ofertas para comprar hasta aquello que no se puede vender. Ganges en hindi se pronuncia “ganga” y digo que algo habrá quedado de esta proximidad lingüística.
Una manada de búfalos sube las mismas escaleras que yo hacia el laberinto urbano de callejuelas que llevan a callejuelas y, éstas, a otras callejuelas que acaban terminando en callejuelas. Finalmente, llego a una callejuela un poco más grande donde un rickshaw frenético ya tan de mañana casi apisona mis pies de sandalias. Sin rencor alguno, le pido que me conduzca a un templo de monos. El otro de oro apenas se puede ver porque mi lunar rojo de hinduista a diez rupias no engaña al centenar de policías que lo protegen en cada esquina con voluminosas escopetas que asustan a cualquiera. Le grito al maisán que acelere. La cadena de su bicicleta de tres ruedas con carro se encasquilla. Me pongo a los mandos y el accidente casi es descomunal. La gente se ríe de mí a estómago abierto.
Me jubilo raudo de mis intenciones honestas. En el templo de los monos, no todo son monos, pero sí la mayoría. Saltan de un lugar a otro, ahora a una rama, después a una terraza, luego un poquito al suelo, y sus ágiles movimientos me cautivan. Tras unos minutos me canso de ir descalzo y mis pies negros recuperan sus sandalias y se ponen en marcha hacia ningún punto en concreto. No tarda mucho en abordarte alguien. Primero, un estudiante de medicina que loa mis tres palabras mal contadas de hindi y se empeña en ir conmigo, abrazado, por la calle. Le doy esquinazo en cuanto asegura que quiere conocer a mi madre. ¿A mi madre? Pues vaya cumplidos maisán. A la segunda, viene un brahmán, contento como un ocho, en bicicleta y me explica un cuento interminable que no escucho demasiado. No obstante, acepto su propuesta de ir a un barrio musulmán, a un imperio de la seda que se sugiere tentador.
Días atrás, algunos musulmanes radicales la montaron buena en Benarés. Pusieron una bomba y liquidaron casi una decena de hinduistas en un santiamén. Los conflictos religiosos de este subcontinente policonfesional nunca se acabarán del todo. Es una pena. El brahmán de pelo claro y ojos mustios se excita cuando me enseña las primeras fábricas. Está a punto de llevarme a una donde, si caigo, le van a dar seguramente una buena comisión por ello. En esta ciudad mucha gente te quiere ayudar y deja claro desde el principio que no pretende obtener nada a cambio. Eso sí, cuando acaban con sus documentadas -y gratuitas- aclaraciones, todos tienen alguna fábrica que enseñar y que tú quieras ver. Es curioso.
Raja me abre la puerta de su emporio y una moqueta de tela clara se abalanza a mis pies. A la izquierda, un trabajador clava sus pupilas en una prenda que teje durante demasiadas horas por casi nada de dinero. A la derecha, un tablón con comentarios en inglés, italiano, francés, alemán y, por supuesto, español: “Yo no compré nada pero este tío es muy majo”. “Te querrá vender toda la tienda, pero no se enfadará demasiado si no te llevas nada”. Me confío y prosigo hacia un salón repleto de estanterías con chales, pañuelos y colchas. Raja me pregunta qué busco. Si le cuento la verdad, se pondrá triste.
Si me quedo, me intentará vender la tienda y salir de la emboscada será luego muy arduo. Pero el masoquismo me motiva, así que le digo que un bonito chal para mi madre y sus manos se deslizan en las prendas como esquís en las nieves del Himalaya. Velozmente extiende sobre la moqueta preciosos chales, a cada cual más hermoso. Pasada la veintena, le pido que retroceda y ahuyenta mis insinuaciones de averiguar el precio explicando, tajantemente, que sólo al final, cuando haya escogido aquéllos que realmente me interesan, procederá a tal menester.
El encuentro se prolongará excesivamente y al final tendré que argumentar que no tengo dinero y mi tarjeta de crédito está en Delhi para poder escapar del empleado a sueldo que estaría dispuesto a enviar a mi hotel. Ya cansado, acabo llegando nuevamente a los ghats con el crepúsculo. Una burbuja de jabón naranja se sumerge en el Ganges para limpiar el río y después se eleva blanquecina e imponente hacia el oscuro infinito celestial. Niñas y niños de 5 a 9 años venden flores con velas para depositar en las aguas y los cantos y rituales se suceden. En ellos, muchachos con camisas anaranjadas, amplias y brillantes hacen flexiones y movimientos de culto y turistas en barca les acribillan con instantáneas. ¿Tendrá el baba todavía el brazo levantado? Alguien me confirma que sí. Apuntando hacia la luna llena.
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Fotos: 1) El remero adolescente que me llevó por el Ganges en el amanecer de Benarés. 2) Un baba que llevaba 12 años con el brazo derecho extendido y sin pronunciar una sola palabra por su creencia religiosa. 3) Una de las calles principales de la ciudad, atestada de rickshaws-bicicleta. 4) Una manada de búfalos descansa en un ghat a orillas del río. 5) Una niña vende flores con vela para depositar, encendidas, en las aguas.

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