India

Un mes en la India


Alzo la vista desde mi escritorio y veo un retrato luminoso de Mohamed Alí Jinnah, el fundador de Pakistán. La imagen corresponde a un monumento situado a la entrada de Islamabad y fue tomada por mi amigo fotógrafo y galés Jason Tanner. Jason quiso obsequiarme esta fotografía como recuerdo inexcusable de mi anterior hogar y para compensar al tiempo la agradable prolongación a varias semanas de una visita a Delhi que inicialmente se esperaba de pocos días. A pesar de la negativa de las autoridades paquistaníes a concederle un visado de periodista –razón por la cual él había venido a la India- y de la consiguiente frustración por ello, nos lo pasamos bien durante su estancia. Me ayudó a hacer más llevadera la transición que comencé a mediados de noviembre tras cruzar al otro lado de la línea para asistir a la proyección de la segunda parte de la película (como describió esta aventura un amigo diplomático mexicano). Algunos dirán que las segundas partes nunca fueron buenas; yo prefiero hacer caso a mi colega Agus Morales y creer que el cambio de ciudades que él y yo hemos hecho para prorrogar nuestra travesía por el sur de Asia es un cruce que atesora un gran romanticismo y que nos bañará de alegrías y desventuras, pero sobre todo de inolvidables experiencias.

Parte hasta hace pocas décadas de una misma idea que se hizo añicos por cuestiones de culto y alguna que otra intervención externa, Delhi hoy no está ni muy lejos de Islamabad ni es tan distinta a ciertas esencias de la vida que yo chupé en Pakistán, y sin embargo a veces parece que se encuentra en un mundo aparte. En las primeras semanas recuperé la conocida sensación de vivir en una gran ciudad, una sensación que tenía en cierto modo aletargada tras pasar tres años en una atípica capital como es Islamabad, tan pequeña y tranquila, espaciosa y accesible. Delhi por el contrario es un bullicio constante, un caos de indescifrables dimensiones del que son partícipes una amalgama de ruidos y olores intensos y un gentío y tráfico inabordables. El choque inicial tuvo varios apéndices. Pasé de tener un casero gay, tolerante, razonable y atento en el islámico Pakistán a encontrarme con un párroco cristiano protestante, embaucador e interesado en una Nueva Delhi en la que los precios de los pisos se disparaban con la excusa de la modernización de la ciudad tras albergar los juegos de la Commonwealth e implantar el metro. Su avaricia y engaño resultó ser un patrón similar entre los humildes conductores de rickshaw o motocarro. A este medio de transporte me he ido poco a poco acostumbrando después de años disfrutando de coche y conductor propios en Islamabad, donde este tipo de vehículos ni siquiera tenían permitido el acceso. Dicen las malas lenguas que el regateo es cosa de moros. Yo doy fe de que hindúes y sijs son tan o más doctos que árabes y otros musulmanes en esta tarea. Quizás lo más difícil en esta transición ha sido despojarme de mi libertad después de casi un lustro en el que trabajé siempre solo en mi casa, que fue a la vez mi oficina, para comenzar ahora a asumir una jerarquía en la que el jefe avista y evalúa desde cerca tus movimientos, para bien y para mal.

Una vez amortiguados estos primeros golpes, me froto las manos pensando en que mi nuevo hogar, un país gigantesco multirreligioso y multicultural, de profundos contrastes que van desde el lujo desorbitado a la pobreza más lamentable, me ofrece una estupenda atalaya para descubrir y explorar. Y a eso voy, a descubrir y a explorar, ahora que estoy ubicado en el corazón del sur de Asia, a las puertas de tantas y tan diversas cosas, y en una ciudad en la que el tiempo no se para nunca. Nunca.

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