Cuentos y relatos

El hombre que perdió su tono

Benjamin Gublings era un buen maestro. Lo decía todo el mundo. Sus alumnos, compañeros de oficio y mentores. Incluso sus críticos más acérrimos admitían en privado que era un buen maestro. Además tampoco caía mal, y esta es una virtud que siempre ayuda a mejorar los aspectos más débiles del ser humano. Enseñaba en una modesta escuela de su pueblo las asignaturas de lengua y física, que eran tan diferentes entre sí como parecidas.
Gublings amaba la lengua o, mejor dicho, el lenguaje. Para él era el universo de las personas. La gente veía el mundo a través del lenguaje. Lo disfrutaba y lo sufría. Le encantaban las palabras que se juntaban con otras palabras y los verbos que se ponían delante o detrás. Sentía fascinación por los adverbios largos que daban seriedad al discurso o por los puntos, comas y otros signos extraños que lo volvían fluido.
En la física veía también algo extraordinario. Si la lengua era el universo de las personas, la física ayudaba a entenderlo. Gublings miraba un nubarrón oscuro y comprendía por qué se había formado. Nunca una manzana que cayó desde un árbol o el regalo de una gaviota le pillaron por sorpresa. Y cuando su pequeño sobrino Tobías desbordaba la bañera era imposible enfadarse con el chaval. Para Gublings, Arquímedes, Newton o Lavoisier eran un perenne Dream Team planetario que siempre ganaría todos los títulos en disputa.
Sin embargo, todo se empezó a torcer un día. Un día de plácido verano en el que rompió a nevar y nevó durante varios días seguidos. Algunos decían que el sol no volvería a salir nunca. O al menos, no en una fecha temprana. Otros concluyeron que habría escasez durante mucho tiempo y que esta situación obligaría a realizar un reordenamiento. La palabra reordenamiento no le gustaba a Gublings. Justificaba su desconfianza en que el lexema de la misma era orden y orden, según él bien sabía, podía ser sinónimo de equilibrio o ubicación pero también podía equivaler a mandato o imposición.
Suele decirse en textos antiguos y libros de autoayuda que las primeras corazonadas son las buenas. Gublings se temía lo peor con todo el asunto del reordenamiento. Poco tiempo después, a su escuela vino un hombre con bigote lacio y camisa de botones y ordenó que de un día para otro los maestros de lengua dejaran de enseñar los adjetivos porque los libros iban a tener 25 páginas menos el curso siguiente. En realidad, el tipo del bigote lacio tenía parte de razón. El lenguaje estaba repleto de adjetivos inservibles. Muchos se repetían innecesariamente o se utilizaban solo para demostrar estatus o crear problemas y tensiones. Impertérrito, sempiterno, desdichado, revolucionario, malvado y tramposo. Fuera. Gublings tenía dudas pero acató. Le pareció un mal menor.
El reordenamiento llegó también a la física. De la noche a la mañana se transmitió a la escuela el mandato de dejar de enseñar el principio de la acción-reacción. Por lo visto era un principio subversivo. También se vio afectada la teoría de la conservación de la materia. Si el colegio seguía enseñando equivocadamente a las incipientes generaciones que la energía solo se transformaba… ¿cómo se podría justificar la destrucción necesaria que se estaba produciendo a raíz de la delicada coyuntura?
En los meses venideros sucesivos reordenamientos acabaron golpeando la esencia del lenguaje. Primero se suprimieron las preposiciones y los adverbios. Después el condicional y el subjuntivo. Los primeros eran poco determinantes para el éxito de la comunicación. Los segundos daban pie a aspiraciones y sueños. Demasiado subversivos. Al final solo quedaron los sustantivos. La física sufrió el mismo destino. La inercia, la elasticidad y la flotación. Todas esas teorías y muchas otras más fueron arrancadas del temario por unos motivos no suficientemente aclarados.
En realidad ya no nevaba. Pero la gente miraba a través de las ventanas y veía nieve. La nieve estaba por todos lados. Gublings pensó que todo había sido muy rápido. La gente solo hablaba con sustantivos. Era complicado comunicarse. La desaparición de los principios físicos también hizo que fuera extremadamente difícil entender más allá de la teoría de la gravedad, una de las pocas que seguían enseñándose. Pese a todo, los gestores del reordenamiento pedían ahora un esfuerzo a la gente. Exigían creatividad, constancia y dedicación. Gublings creyó que esto estaba fuera de tono. Pero no sabía ya cómo amueblar argumentalmente su opinión. También creyó que ya no era un buen maestro. Solo alguien con disciplina. Y eso es lo que la gente también pensaba. Que Gublings solo era alguien con disciplina. Y ya ni siquiera caía bien.

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