Pakistán

Historias de coches en Pakistán


He vivido ya añito y medio en Pakistán y sus gentes siguen fascinándome. Por las perlas que me ofrecen cada día, sin las cuales la vida sería mucho más aburrida. Nunca he entendido demasiado de coches. Aprobé el examen práctico de conducir tras varios intentos y durante años no me puse al volante. Cuando lo hice, la experiencia me demostró que nunca seré un piloto profesional. Creo que en este país no voy a corregir la tendencia.

De viaje en las áreas del norte paquistaníes, un territorio salpicado de gigantescas montañas de árida y agresiva belleza, mi compañera y yo optamos por alquilar un jeep. El primer día nos clavaron un precio excesivo por el vehículo porque la gestión la hicimos desde un lujoso hotel de una pequeña población turística. No obstante, la máquina funcionó perfectamente y recorrimos en ella Deosai, unas llanuras a más de 4.000 metros de altitud en las que vimos preciosos paisajes pero chupamos kilos de polvo.

Como nuestro bolsillo no podía permitirse tal estafa cada día restante de las vacaciones, el siguiente todoterreno lo alquilamos en Skardú, la principal población del distrito. El precio era mucho más asequible y el vehículo parecía perfecto. Además, el dueño daba la impresión de ser un tipo simpático y agradable, muy de la broma. Incluso chapurreaba un poco español. Pero una vez en marcha, el coche daba saltos, a veces pequeños y soportables, casi divertidos, pero en otras ocasiones los meneos se convertían en un masaje lumbar poco apetecible. Los amortiguadores estaban destrozados y eso no lo subsanaba ni el mejor de los conductores . El trayecto no era muy largo así que optamos por continuar y no devolver el jeep. Visitamos dos lagos, disfrutamos de un paseo por un pueblecito de la zona y al término de nuestro viaje intenté hacer comprender al agente, de una manera un tanto didáctica y absurda, que estas cosas no se hacían. Pues claro que se hacen –debió pensar él-. Siempre que haya gente que pique. El repertorio de justificaciones para la rana que nos alquiló fue amplio y fácilmente variable. 1) “Los jeeps están preparados para terrenos montañosos y difíciles. Cuando circulan por carretera asfaltada dan botes”. 2) “Sabes… a veces vienen punjabíes (paquistaníes de la provincia más poblada y rica del país, al este de Pakistán) y se montan seis o siete en la parte trasera”. 3) “Este vehículo nunca ha ofrecido problemas. Eres la primera persona que se queja. Sólo lo notas tú”.
Vista la disparidad de nuestras apreciaciones, consideré que malgastar mi tiempo en discusiones sería en balde. “Mañana no cogeré ninguno de tus vehículos”, amenacé, como si mis superpoderes le fueran a preocupar.

Al decir esto, pasé por alto que el día siguiente era uno de esos festivos en Pakistán en los que hasta los hoteles están cerrados: Eid-ul-Fitr, un equivalente a la Navidad cristiana. Mi compañera y yonos levantamos temprano y recorrimos las calles desiertas de Skardú, donde niños con pistolas de plástico disparaban contra las bombillas de los comercios cerrados a cal y canto. Por fin divisamos dos coches estacionados cuyos conductores tenían el aspecto de querer ganar unas rupias aquel día. Nos acercamos al primero.

– ¿Por cuánto nos llevas a Khapulu?
– Por 3.500 rupias (35 euros).
– Estás loco tío, te damos 2.000 y vas que chutas. Tu coche no es un todoterreno, está en un estado lamentable.
– De acuerdo, vamos.

La negociación fue sorprendentemente rápida. Nos congratulamos de nuestro éxito y partimos hacia un pueblo recomendado en todas las guías turísticas situado a cien kilómetros de Skardú. El trayecto era en carretera asfaltada y el maisán se portó, nos dio la conversación justa y no importunaba. Aunque conducía de manera un tanto macarra, parecía tener el control de la situación. Una vez en Khapulu, las continuas cuestas de un pueblo levantado sobre el desnivel empezaron a poner a prueba a la carraca que habíamos alquilado.
Cada dos minutos de reloj, el coche se paraba y el conductor tenía que volver a ponerlo en marcha. Yo tenía la corazonada de que tendríamos suerte y el coche aguantaría todo el trayecto restante y así continuamos realizando ciertas paraditas a la vuelta para sacar fotos y hacer ese tipo de cosas que hacen los turistas para justificar sus viajes. En una de esas paraditas, una cabra boca abajo y tiesa como un palo nos sorprendió en un arcén. Esta fue la última parada de nuestro vehículo –¿era quizás una señal maldita?- porque cuando nos dispusimos a reanudar la marcha, resultó que la caja de cambios estaba estropeada.
El maisán puso todo su empeño, pero su nave había encallado y sólo podía dar marcha atrás. Miramos hacia delante y aún faltaban 40 kilómetros hasta Skardú como para hacerlos a lo cangrejo. Miramos hacia detrás, y en la otra orilla del río Indo había un pequeño pueblecito. Pero el puente más cercano que cruzaba hacia él se encontraba a varios kilómetros de distancia. Estábamos en medio de la nada.
Entonces apareció un vehículo ocupado por cinco paquistaníes de aspecto muy tibetano, quienes, muy solidarios ellos, se apearon de su coche para echarnos un capote. El cabecilla del grupo se las dio de mecánico pero tampoco halló una solución inmediata para nuestros males. En estas nos encontrábamos cuando llegó un minibús atestado por al menos una treintena de paquistaníes, la mitad de ellos en el techo.
Los pakitibetanos habían aparcado su coche al lado del nuestro, bloqueando la carretera, así que el cabecilla abandonó sus quehaceres y regresó a su vehículo para apartarlo del camino. Pero su coche ahora tampoco arrancaba. Ni a la segunda ni a la tercera, así que los paquistaníes del minibús se apearon también y comenzaron a hacer fotos a los extranjeros, o sea a nosotros. Tienen una manera muy fácil de levantarle la moral al personal haciéndole creer a uno supermodelo. Cuando se cansaron de la novedad se dirigieron a nuestro coche para contribuir con sus vastos conocimientos a la reparación del mismo. Un maisán tocaba un espejo, otro una rueda, diez empujaban hacia delante, desconocedores ellos de que aquella carraca sólo podía ir marcha atrás. Mientras, los pakitibetanos consiguieron hacer funcionar su nave y debieron pensar que podría ser la última vez que arrancara porque se largaron sin decir ni adiós. Nos dejaron con todo aquel enjambre, que hacía buena compañía pero ayudaba bien poco.
Finalmente, ellos también se cansaron y nos dejaron solos, con la noche cayendo sobre nosotros como un yunque, lejos de nuestro hotel y con un vuelo que coger a la mañana siguiente. No estábamos para florituras por lo que apenas dimos veinte minutos de margen a nuestro taxista para realizar sus baldías maniobras. Hasta que el primer coche con plazas libres se acercó rompiendo el silencio de las montañas. El salvador nos llevó de vuelta a Skardú en un trayecto de una hora enel que nadie abrió la boca. Sólo el conductor, al final, para pedirnos unas rupias, pocas, pero suficientes para desmarcar su gesto de la simple buena voluntad de ayudar a unos turistas perdidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s