Bangladesh

Ya casi no hay gente. Bangladesh se diluye

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Son las cinco y media de la tarde y las colas para entrar al estadio nacional de Dacca todavía tienen algunas decenas de metros. Bangladesh, la 165ª potencia futbolística según la FIFA, acaba de recibir un gol de Malasia en la final de la Copa Bangabandhu, un irrelevante torneo regional que ha despertado pasiones estos días en el país surasiático. La gente se pone nerviosa y agita sus entradas en el aire. Han costado en algunos casos hasta cuatro o cinco veces las ochenta takas (un euro) que indica el papel. Se ha consumido ya un tercio de partido. La verja sigue bajada. Nadie se atreve abrirla. La policía propina algún golpe. El estadio, que también se llama Bangabandhu –como el trofeo, como el padre de la patria-, hace tiempo que tiene a todos los alfileres por duplicado en sus localidades.

De repente alguien hace un gesto. Se oyen gritos. La verja parece abrirse y una melé corre posesa hacia dentro. Solo se puede seguir la corriente y esperar que no suceda nada indeseado. Hay codazos, pisotones, manotazos. Se sienten rodillas, olores, dedos, pelo. Algunos desisten, la mayoría avanza. “No te pares o te aplastarán”, me dicen. O creo entender por el contexto. Apenas comprendo bengalí todavía. Subir las escaleras es un reto, aunque solo hay dos pisos hasta la meta. Allí se encuentran adolescentes agarrados en repisas y se divisa una ventana al césped entre un ejército de cabezas. Bangladesh pierde ya por dos tantos a cero. Había intuido algún murmullo, nada clarividente. Intento ejecutar movimientos, tomar decisiones pero cualquier dirección se antoja imposible. Hago amigos en todos lados.

Llega el descanso y se abren espacios, consigo subir unas pequeñas escaleras y entonces veo el estadio al completo, a las 40.000 -¿60.000-70.000?- gargantas sedientas de un triunfo local. Hay gente sentada en los asientos y en el cemento entre hilera e hilera. La cosa está difícil. Los malasios son claros favoritos, ya ganaron a los anfitriones en el partido inaugural. En dos minutos me hago dos millones de selfies con el público que me rodea. Ahora me abrazan, luego me tocan. “Amar Bangladesh bhalo lage”. Digo que me gusta Bangladesh y la gente se emociona. Gritan, sonríen, hablan. Nadie puede estar quieto a mi paso. Me preguntan si estoy casado, de dónde soy, de qué equipo soy, de cuál no soy, qué como.

Me quieren casar con la única mujer que hay en todo el estadio, que se encuentra a unos veinte metros de distancia, hacia el final de la grada. Es guapa y lleva gafas de sol en las primeras sombras de la noche. Habrá al menos otra mujer que presencie el partido. Aún no ha llegado. Lo hará minutos después entre tímidos aplausos y es la primera ministra del país, Sheikh Hasina. Su llegada parece ser providencial para el equipo nacional, que pone el pie en el acelerador. Los rojiverdes han maniatado a los malayos. El combinado color abeja se ha confiado con la cómoda ventaja. Solo se juega en un campo. Bangladesh arrasa por momentos. Se escucha uy tras uy hasta que alguien consigue perforar la red visitante. Tiembla Bangabandhu, no el difunto Mujibur Rehman -que descansa desde 1975-, sino el estadio.

Un aficionado vestido como un tigre de Bengala me invita a sentarme con él. Es el Manolo el del Bombo bangladeshí. Anima como un loco. El bombo lo toca su primo. Él coordina los cánticos: “Popopopoo…. ¡Bangladesh, Bangladesh!”. No hay mucha variedad ni consistencia en las canciones, pero la gente está entusiasmada, aplaude con fervor. La media de edad es de unos 25 años como mucho. Abunda el merchandising barato de minutos antes del choque. Banderines, cintas, sombreros, banderolas y manos pintadas. Hay quien se quita la camiseta. Hace un par de días que se han alcanzado los treinta grados de máximas. El equipo se lo cree. Ha ido de menos a más en el torneo. Se huele el empate. Cada pelota muerta, cada balón disputado es rojiverde. Bangabandhu mira desde un alto edificio continguo al coliseo. Su iluminado retrato de seis pisos de alto guía a los bengalíes. Se vuelven a sentir suspiros y entonces llega el delirio. Se materializa el empate. Crujen asientos. Vuelan papeles. Hay abrazos, pisotones, manotazos. Se hace lo ola. Bangladesh está cerca de hacer historia y ganar su propio torneo por primera vez. Ningún aficionado piensa lo contrario, su equipo vuela, juega con propulsor. Las abejas, en cambio, están dormidas. No muerden ni hacen miel. El tigre de Bengala se crece. “A nosotros en realidad nos gusta el críquet, no somos un país de fútbol. Pero esto es una fiesta”, clama mientras se atusa el bigote.

Y en una contra inesperada, sin entenderse por qué Malasia se había apoderado en ese momento del esférico, se produce la tragedia. Malasia celebra el tercero. El luminoso marca que solo quedan dos minutos para que el árbitro se ponga el silbato en los labios. Bangladesh todavía lo intentará a la desesperada, con un arreón final con portero incluido, pero la suerte ya estaba echada. Caras largas en los aficionados locales, varios jugadores rojiverdes se lamentan tumbados en el césped sorteando los abrazos malasios. Bangabandhu lo ha visto todo. Bangabandhu tendrá que dar su trofeo a los visitantes. Su hija Hasina se lo entrega. Antes hace un canto a las filigranas del juego bangladesí, lanza a las masas un Joy Bangla –proclama del movimiento de liberación nacional- y se deja querer un poco.

Un masaje popular no viene mal en tiempos de crisis política. Se oye ruido de sables en Bangladesh desde hace unos días. Más de medio centenar de personas han perdido la vida en los disturbios y ataques que sacuden al país desde principios de enero. Hay huelgas y bloqueos casi a diario. Una victoria en el fútbol hubiera sido agradecida por muchos. No ha podido ser, aunque el equipo ha jugado bien. Los chicos se han entregado y por eso pese a la derrota son aclamados por los presentes. Dos veces. Dos vueltas al campo. Globos de colores vuelan en el aire. La llamada al rezo de los muecines desde las mezquitas cercanas se entremezcla con los últimos discursos de la gala de premios. Se respira más calma que en toda la tarde. Se puede caminar. Ya casi no hay gente. Bangladesh se diluye.

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