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Lo importante

20170817_185959Cuando el jueves por la tarde empezaron a difundirse las primeras informaciones del atentado de Las Ramblas tuve varias sensaciones.

Sentí impotencia por tener la certidumbre de que finalmente sucedía lo que hacía tiempo muchos temíamos que iba a pasar, que tarde o temprano un atentado terrorista sacudiría Barcelona de igual manera que había sucedido en tantos otros lugares. La turística, bella y cosmopolita Barcelona tenía todas las papeletas pero se había mantenido inmune. Era solo un espejismo. El terrorismo es un problema global.

Sentí rechazo por la facilidad y lo absurdo de tanta muerte innecesaria y también mucho fastidio porque si bien todos los atentados son deleznables, cada vez es más común ver ataques contra los conocidos como “objetivos blandos”. Podría haber habido en esos momentos en Las Ramblas una comitiva de salafistas y el conductor de la furgoneta los hubiera atropellado igualmente porque daba igual quien estuviera sobre esas míticas baldosas barcelonesas. De hecho, entre los afectados había más de una treintena de nacionalidades diferentes, incluidos también musulmanes.

Sentí al principio el estrés y la inquietud propios de una situación irresuelta, incompleta, en desarrollo; una inquietud alimentada por el excesivo ruido en las redes sociales. Recuerdo el alboroto en la oficina, situada a solo unos cientos de metros de Las Ramblas, tras la primera llamada de una colega para darnos la noticia, el ansia de compartir la nueva con amigos y familiares, de conocer el último detalle, de querer explicar al prójimo el último detalle y de no saber muy bien qué hacer: si esperar a tener mayor claridad sobre lo ocurrido o aventurarse a salir en medio de informaciones, luego desmentidas, de una toma de rehenes por hombres armados en un restaurante cercano.

Sentí tristeza y dolor al ver las calles del centro vaciándose entre caminares intranquilos, las persianas de los comercios bajadas, policías por todos lados y, sobre todo, al mirar las siempre bulliciosas Ramblas y verlas completamente desiertas, quemadas por un terrible silencio.

Y sentí rabia por la casi inmediata utilización sesgada de la masacre con fines políticos por parte de algunos o para lanzar diatribas xenófobas por parte de otros.

Sin embargo, parafraseando el eslogan que se ha convertido en lema de Barcelona, no sentí miedo. Ni tan solo un poquito.

Puede que no quisiera otorgar victoria a quienes eso buscan o puede que haya tenido ya una exposición elevada a este tipo de situaciones tras varios años viviendo y trabajando como periodista en países como Pakistán o Bangladesh o más recientemente cubriendo para una organización humanitaria contextos bélicos en Oriente Medio o Nigeria.

Puede que me haya inmunizado un poco ante tanta tragedia aunque ciertamente no se trata de indiferencia, pues estas situaciones me siguen sacudiendo. Siempre.

Puede que encuentre también injusta la actuación desproporcionada de los medios de comunicación ante este tipo de acontecimientos. ¿Cuánta atención suscita un atentado en Damasco, Bagdad o Maiduguri y cuánta un atentado en Niza, París o Barcelona? Es inmoral.

Creo que muchos periodistas hicieron un trabajo estupendo, dejándose la piel por informar a la ciudadanía en un momento en el que la ciudadanía quería información. También, como suele suceder, se sobrepasaron algunas líneas rojas y se iniciaron debates paralelos que en algunos casos ayudaron a reflexionar y en otros fueron totalmente prescindibles y solo contribuyeron al ruido.

Por lo general, la ciudadanía respondió con firmeza, solidaridad y empatía. No me gusta nada la asimetría de nuestros sentimientos y la escasa voluntad de entender la raíz de los problemas. Me sigue sorprendiendo y fastidiando profundamente el nulo o mínimo debate acerca de cómo los estados que dicen garantizar la seguridad interna de sus ciudadanos contribuyen a dinamitarla con sus acciones en el exterior. Podría recitar un sinfín de números y datos pero este texto es puro sentimiento, así que la estadística y el gráfico me los guardo para un tostón periodístico futuro.

Podría mencionar una puta guerra, como la de Irak, plagada de mentiras impuestas a la ciudadanía y la venta de armamento o los negocios económicos con países que exportan ideología extremista mientras se les ponen alfombras rojas. Podría recordar la continua interferencia de las grandes potencias mundiales por intereses espurios en conflictos locales que acaban enquistándose y mutando. O podría simplemente hablar de niños muertos en bombazos. Daño colateral.

Podríamos llenar páginas y páginas, pero al final preferimos quedarnos con lo de siempre. Con la cobertura de cuatro días: uno de confusión y adrenalina y el resto de circo mediático y declaraciones. Después se apaga el micrófono. Optamos por quedarnos con todos los pelos y detalles de una célula de jóvenes marroquíes o de origen marroquí con el cerebro lavado por un imán de una mezquita de Ripoll que lanzaron un ataque en Cataluña sembrando el terror.

Y sí, es cierto, eso sucedió. Pero también muchas más cosas sobre las que nadie está realmente hablando en estos momentos y que, en realidad, son mucho más importantes. Solo vemos el árbol. Somos incapaces de ver el bosque.

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