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Salvaje vida keniana

 

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Retazos del Masai Mara (diciembre de 2018)

Es uno los clásicos de la fauna salvaje en África Oriental y no decepciona. Me lo imaginaba mucho más pequeño, sobre todo porque su tamaño palidece en el mapa frente al enorme Serengueti tanzano, al que está contiguo. Pero en realidad es inmenso. Dice Sami, nuestro conductor, que el trayecto en vehículo de una entrada del parque a otra puede llevar dos horas. La sabana. Paisaje de llanuras, pequeñas colinas y algún bosque poco poblado. La temporada corta de lluvias ha dejado planicies de hierba verde no demasiado alta en las que de vez en cuando irrumpen acacias solitarias, separadas entre ellas por cientos y cientos de metros. Hay riachuelos y el más grande río Mara, por el que millones de ñus, cebras y todo lo que los acompaña peregrinan anualmente. Entre un montón de hipopótamos, en ese río, Sami divisa un cocodrilo cuyo lomo gris sobresale de entre el agua marrón. Me pregunto cómo puede distinguirlo a tanta distancia. Lamento mi miopía.

En el Mara se ve acción. Un grupo de hienas despedazando los restos de la caza de un león del día anterior. Buitres merodeando al lado, a la espera de que las hienas olviden algo de entre lo que cada vez son más huesos y menos carne. Un chacal diminuto araña una costilla de extranjis y marcha, pero las implacables hienas, que se van y no se van, lo ven todo. Dubitativas y carroñeras, le acaban dando alcance. Su cuerpo moteado y ennegrecido en el hocico y extremidades inspira desconfianza. En otro rincón del parque, una leona en celo somete a un continuo proceso de copulación a un león perezoso, que dormita todo el día, apenas rotando de lado de vez en cuando. El acto sexual dura apenas unos segundos. Tras él, ambos caen al suelo regidos por la extenuación y yacen nuevamente por un rato largo hasta que el proceso vuelve a repetirse. Y a acabar casi tan pronto como comienza.

No muy lejos, otro león dominante impide a una leona acercarse a un macho más débil que descansa a unos metros en un arbusto. Quiere ser fecundada por él pero el rey de los leones de la zona, que tiene la cola amputada, puede que de una pelea, no lo permite. Están cansados porque el sol, vertical y con cielo despejado, es abrasador. Ella intenta escabullirse entre las furgonetas de los turistas de safari que se van agolpando. Él la persigue con tesón. Emula cada movimiento. Deja claras sus intenciones. Es una lucha pacífica. Psicológica. Agotadora. Todos observamos en silencio. Embelesados. Solidarizados con la leona. Cuando los animales se acercan mucho a los vehículos la adrenalina aumenta. ¿Estamos suficientemente protegidos observando con ventanas y techo abiertos?

En otro punto del Mara, bajo una pequeña acacia, cinco guepardos descansan tumbados. Buscan siempre la sombra, que va cambiando de lugar a medida que transcurre el tiempo. Son cinco machos, una coalición. Dice Sami que en este grupo animal las hembras son habitualmente las solitarias. En cambio, con los elefantes es muy común ver a machos de edad avanzada solos. La gloria del paquidermo dominante solo dura lo que su corta juventud. La vejez es, en cambio, un duro ostracismo. Los elefantes y jirafas están entre mis animales mis favoritos. Ellas, de figura esbelta y movimiento grácil. Ágiles para llegar a lo más alto, allí donde casi nadie en la sabana alcanza. Las manadas de elefantes, por su parte, son un espectáculo. Cuando se revuelcan en el agua. Cuando avanzan todos juntos, con los grandes empujando a los pequeños rezagados. Con sus enormes orejas que dibujan de una manera tan asombrosamente exacta el mapa de África y con sus largos colmillos, tan codiciados y perseguidos por los furtivos, resultan imponentes, tiernos e icónicos.

Bautismo en Amboseli (noviembre de 2018)

A unas cuatro horas en coche de Nairobi está el parque nacional de Amboseli: el parque de los elefantes por excelencia, con más de 1.200 ejemplares. Esta visita fue mi primera exposición a la fauna salvaje africana. Mi bautismo. Y me fascinó. Ver cebras, ñus, antílopes, monos, facocheros, jirafas, elefantes, muchísimos elefantes, más elefantes, guepardos, leones, avestruces, miles y miles de aves de todo tipo y tamaño, desde cigüeñas a golondrinas, pasando por flamencos, pelícanos y todos aquellos a los que mi desconocimiento no acierta a poner nombre… Ver todo esto en el mismo lugar, coexistiendo, siguiendo sus propias reglas, pastando en libertad, buscando agua, planeando el botín de caza y con el sublime monte Kilimanjaro de extintos volcanes de fondo fue una experiencia inolvidable. El Kilimanjaro, el pico más alto del continente africano, con la cima cubierta de nieve, un monte que muta con las horas y que se deja ver más en los amaneceres y atardeceres, como respondiendo a una ciencia exacta. Durante el día, lucha por no ser borrado por un ejército de nubes blancas que se desplazan de un lado a otro dejando entrever fragmentos a veces más grandes, otras más pequeños. Al caer el sol, se vuelve precioso, acompañado por los tonos rosados, bermellones y ocres del crepúsculo. Un manto de oscuridad y estrellas infinitas lo envuelve luego en una noche de ruidos intrigantes en medio de la eterna naturaleza keniana.

*Descripción de las imágenes: Algunas fotos están tomadas en Naivasha, un parque junto a un lago situado a un par de horas de la capital de Kenia. La mayoría corresponden al Masai Mara y a Amboseli.

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